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    Urbanismo, capital social y coronavirus

    2 de noviembre de 2020 /

    El capital social es un concepto sociológico acuñado en 1916 por Lyda Judson Hanifan que sostiene que

     “se refiere a aquellos activos intangibles indispensables en la vida cotidiana de las personas: a saber, la buena voluntad, el compañerismo, la simpatía y las relaciones sociales entre los individuos y las familias que componen una unidad social“

    (Hanifan, 1920, cit. por Woolcock, 1998)

    Este término fue utilizado por Jane Jacobs en 1961 para explicar los procesos que tienen lugar en las zonas urbanas y que escapan a la medición puramente económica del bienestar de las personas. Para Jacobs los encuentros informales que se desarrollan en la vida ciudadana, en las aceras, en los pequeños comercios, constituyen una fuente de recursos en la vida de las personas, ya sea por el intercambio de información útil, como por los pequeños favores que se pueden obtener. Para que se pueda desencadenar este proceso, se necesitan lugares de encuentro públicos y tiempo para que se activen efectivamente estas relaciones de confianza.

    De hecho, el capital social no sólo es un recurso para cada una de las personas, sino que favorece el buen funcionamiento de una sociedad. Según Richard Putnam :

    “[Algunas] comunidades […] se vuelven ricas porque son cívicas. El capital social encarnado en las normas y redes de compromiso cívico parecen ser una precondición para el desarrollo económico, así como para un gobierno efectivo”

    (Putnam 1993b, cit. por Vargas, 2002)

    La reflexión de Jane Jacobs proviene de la constatación de los efectos del urbanismo imperante derivado del Movimiento Moderno: se llevaban a cabo grandes operaciones de renovación urbana, demoliendo las edificaciones y trazados urbanos existentes, para la construcción en su lugar de edificios de alta densidad. Estas operaciones eran muy lucrativas económicamente, pero provocaban la rotura de todos los vínculos sociales existentes, y dejaban a las personas en condiciones de una mayor precariedad debido la pérdida del capital social. Los nuevos espacios públicos en torno a estos edificios, no generaban nuevas interacciones y se convertían en lugares inseguros y objeto de actos vandálicos.

    Lo mismo ha venido sucediendo en todas las urbanizaciones de nueva planta, incluso en suburbios de baja densidad. Con un planeamiento enfocado a la explotación económica y el uso del vehículo privado, ha dejado el espacio público desértico del contacto social.

    El urbanismo a día de hoy, aún no ha conseguido darle valor a esta organización informal entre las personas, que es fuente de riqueza para el bienestar de la comunidad. En primer lugar porque los procesos urbanizadores siguen siendo operaciones verticales impuestas, cuya decisión recae en las estructuras de poder raramente interesadas en las consecuencias sociales. Y en segundo lugar, porque las pocas iniciativas de participación ciudadana se encuentran con comunidades de relaciones frágiles o inexistentes, consecuencia de años de desintegración de las estructuras de agregación.

    El capital social propicia la movilización y el activismo entre los ciudadanos, además de sentimiento de pertenencia a un lugar, y por lo tanto, de defensa del mismo. Jane Jacobs describe en su libro “Muerte y vida de las grandes ciudades” diversos procesos de lucha ciudadana en contra de las actuaciones municipales, y cuyo éxito o fracaso depende de la capacidad de organización de una determinada comunidad, y de la cantidad de contactos que disponen para conseguir visibilidad pública y acceder a las personas con poder decisional.

    Según Pierre Bourdieu:

    “el volumen del capital social poseído por un agente dado depende del tamaño de la red de conexiones que pueda efectivamente movilizar y del volumen de capital (económico, cultural o simbólico) que tenga de por sí por cada una de aquellas con quien está relacionado”

    (Bourdieu 1986, cit. por Vargas, 2002)

    Visto desde la perspectiva actual, inmersos en la era de las redes sociales virtuales, pudiera parecer que estos mecanismos están superados por las conexiones que se establecen a través de Internet. Pero ¿hasta qué punto el activismo virtual provoca cambios en el espacio físico de nuestras ciudades y en la forma que lo usamos? Aunque el activismo digital puede ser un desencadenante de la movilización y una toma de conciencia de la opinión pública, determinadas acciones para que sean efectivas necesitan de la presencia física, ya sea dirigido a obtener una visibilidad ante el gobierno como ciudadanos con capacidad de voto y no meros boots, ya sea, en cambio, para que la misma acción física provoque la apropiación del espacio público y la producción de nuevo capital social capaz de desencadenar la autoorganización.

    Los nuevos conceptos en urbanismo, que tratan de los usos mixtos en los barrios, las multicentralidades, la movilidad de proximidad, son conceptos que potencian las interacciones en contraposición con la segregación de usos y las grandes infraestructuras. Pero en una época incierta como la actual, en la que a causa de la pandemia del Covid-19, se desincentiva tajantemente el mantenimiento de las relaciones sociales, el uso de los espacios públicos, culturales, de ocio y de enseñanza, en favor del mantenimiento único de las actividades económicas, el capital social residual que pudiéramos tener, está en serio peligro.


    Citizen Jane: Battle for the City
    Jacobs, J., & Abad, Á. (1973). Muerte y vida de las grandes ciudades. Madrid: Península.
    Vargas Forero, G. (2002) Hacia una teoría del capital social. Revista de economía institucional, vol. 4 nº 6 
    
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