La habitación de Virginia Woolf
Cuando le pidieron a Virginia Woolf que explicara en una conferencia la situación de las mujeres y la novela, respondió que las mujeres necesitaban dinero y una habitación propia para poder escribir, pero reconocía que esto se enfrentaba con el gran problema de la condición de las mujeres. La recopilación de este hilo de pensamiento se plasmó en el ensayo de 1929, que ha llegado hasta nuestros días como uno de los textos fundamentales de reflexión sobre el feminismo: La habitación propia.
“Además, dentro de cien años, pensé llegando a la puerta de mi casa, las mujeres habrán dejado de ser el sexo protegido. Lógicamente, tomarán parte en todas las actividades y esfuerzos que antes les eran prohibidos.”
La habitación propia. Virginia Woolf
Obviando por un momento la cuestión del dinero, aunque es problema difícil de eludir, porque según los estudios, la relación entre hombres con empleo y población es de un 72,2%, mientras que la de las mujeres es del 47,1%, y, en la mayoría de los países, las mujeres en promedio ganan sólo entre el 60 y el 75% del salario de los hombres. Esto se debe principalmente, a la precariedad de los trabajos que suelen desempeñar: en Europa, sólo el 60% de las mujeres empleadas y con niños tienen trabajos a tiempo completo, y sólo el 7% de los puestos de dirección ejecutiva de las empresas están ocupados por mujeres. A Virginia Woolf le bastó con una herencia de su tía para garantizarle de por vida no sólo comida, vestidos y alojamiento, sino la libertad de hacer lo que ella quería y sabía hacer, sin depender del beneplácito de ningún hombre.
Atendiendo al concepto de habitación propia, desde el punto de vista de la arquitectura, es una idea vinculada a los fundamentos que tenemos sobre los espacios que proyectamos y habitamos, así como a las distintas apropiaciones de los espacios públicos y privados que se espera en función de nuestro sexo. Virginia Woolf no sólo exhorta a poseer de una habitación de uso exclusivo para ellas mismas, sino que se refiere a ella como “una habitación con pestillo”. Cuando Virginia Woolf se pregunta cómo es posible que determinadas mujeres escribieran novelas en los siglos precedentes refiere:
“Una mujer que escribía tenía que hacerlo en la sala de estar común. Y, como lamentó con tanta vehemencia Miss Nightingale, «las mujeres nunca disponían de media hora… que pudieran llamar suya»”
La habitación propia. Virginia Woolf
El devenir de la historia de la humanidad, ha desencadenado en la idea, mantenida hasta tiempos recientes, de que el espacio que correspondía a las mujeres era el espacio privado. Las mujeres desenvolvían su vida dentro de casa, para el desempeño de las tareas de trabajo doméstico, las tareas de reproducción y cuidado, y los pequeños trabajos de mantenimiento familiar, como la costura. El espacio público, donde tradicionalmente se han venido desarrollando los trabajos en relación con el resto de la comunidad, pertenece al hombre. De hecho legalmente, en España, hasta 1975 las mujeres debían pedir permiso a su marido para poder trabajar. En Italia, en cambio, las mujeres pueden trabajar sin autorización marital desde 1919, pero con muchas limitaciones de acceso al mercado laboral y con una restricción al 50% del salario de los hombres. No será hasta 1963 cuando se establece por ley que la mujer podrá acceder a todas los cargos, profesiones y empleos públicos. En el resto del mundo, el acceso al trabajo, ni siquiera es un derecho efectivamente adquirido por las mujeres a día de hoy: casi el 90% de las economías registra al menos una diferencia legislativa que restringe las oportunidades económicas para las mujeres y al menos en 15 países los esposos pueden oponerse a que sus esposas trabajen. La consideración de la mujer y los hijos como una pertenencia del hombre a proteger, ha mantenido durante tanto tiempo, a la mitad de la población bajo encierro y estrictas reglas patriarcales.
Durante siglos, las habitaciones de las clases burguesas tuvieron una destinación por sexo. Los espacios interiores de las viviendas francesas del s. XIX presentaban espacios de uso exclusivo masculino y femenino, como los cuartos de fumadores y despachos para hombres, y el tocador para las mujeres. Asimismo, las cocinas, con zonas accesos y escalera de servicio independientes, eran sistemáticamente apartadas de las zonas nobles, y en las cuales se relegaba al personal doméstico y a la mujer, para la gestión de las tareas del hogar o para su desempeño. El espacio doméstico hasta épocas recientes ha sido siempre diseñado por hombres, lo que significaba dar respuesta a las necesidades masculinas dentro de la vivienda y, en el caso de las necesidades femeninas, se hacía desde el punto de vista masculino. El resultado han sido espacios que utilizan las mujeres durante gran parte de su tiempo, pero que no las representan, y que en muchos casos las relegan a habitaciones secundarias, para dar servicio a las necesidades de los hombres y de la familia.
En la actualidad, las viviendas de las familias de clase media han sufrido una disminución en cuanto a su superficie y al número de habitaciones, y al mismo tiempo se ha promovido la unión y apertura de los espacios comunes. Esto último, aunque es un concepto interesante desde el punto de vista de la repartición de las tareas del hogar, en el caso de tener que desempeñar un trabajo en casa no relacionado con las tareas domésticas, provoca situaciones de conflicto en cuanto a la distribución espacial y a la calidad de uso de las habitaciones, en tanto que no proporciona un aislamiento que facilite la concentración en labores intelectuales. Contrariamente a lo que aún piensan algunos, el tiempo dentro de la casa para una mujer, sobretodo con hijos, no es tiempo de ocio, ni tiempo libre a su disposición. No sólo por la cantidad de horas que hay que dedicar a las tareas de orden, limpieza, elaboración de comidas, sino que si añadimos el cuidado continuo de uno o más hijos, la cantidad de interrupciones hace imposible la concentración en cualquier otra tarea.
Durante la pandemia del Covid-19 esta realidad se ha hecho más visible. No porque no existiera previamente, sino porque durante meses ha sido la coyuntura de una gran mayoría de hombres y mujeres, los cuales se han visto obligados a desempeñar el trabajo desde casa. Pero, ya con anterioridad a la pandemia, esta circunstancia la compartían un gran número de mujeres, que, para intentar conciliar los cuidados con un trabajo, sobre todo en las primeras etapas de vida de los niños, se resignan a la opción de adoptar un modo de trabajo autónomo o mediante el trabajo a distancia que puedan ejercer desde casa. Esto conlleva la aceptación de una precariedad y un intento de adaptación a múltiples tareas que llega a ser evidentemente estresante, y que en ningún modo llega a ser competitivo con otras formas de trabajo. La falta de previsión en los proyectos de arquitectura para adecuarse a la realidad de muchas mujeres obligadas a trabajar desde casa, significa el improvisar ángulos de trabajo dentro de las viviendas en espacios no concebidos para tal fin, o incluso abocarse a utilizar transitoriamente mesas de comedor o sofás sin llegar siquiera a tomar posesión del espacio. Es el culmen último de la precariedad incluso dentro de la propia casa, que recuerda exactamente a lo que veía Virginia Woolf hace un siglo. A día de hoy, con los porcentajes de inestabilidad y temporalidad de los trabajos de las mujeres, seguimos necesitando de “una habitación con pestillo” para poder aislarnos del trabajo doméstico y poder trabajar o crear.
Desde el punto de vista del proyecto de arquitectura, la planificación de los espacios dentro de la casa de forma diferenciada para adaptarse a las necesidades de trabajo –la idea de la “habitación con pestillo”– resulta únicamente paliativa para dar respuesta a las circunstancias actuales, porque la verdadera dificultad sigue siendo la falta de tiempo a disposición, libre de cuidados y tareas domésticas. El poseer una habitación para encerrarse es incompatible con niños a tu cuidado y otras labores que sobrellevar. Asimismo, los obstáculos para acceder a trabajos dentro del mercado laboral ordinario, impiden el acceso real a los espacios públicos para poder desempeñar un trabajo con visibilidad y representación, de modo que genere un cambio de paradigma en la sociedad. Y ambos problemas se retroalimentan. Actualmente, al menos en Europa, no existen limitaciones legales para el acceso de las mujeres al empleo, pero sigue siendo una realidad de facto. Más aún a fecha de hoy, que después de la pandemia las escuelas continúan cerradas, y que la incorporación al empleo en Italia, ha sido con un porcentaje del 80% por parte de los hombres. Cabe entonces preguntarse sobre los supuestos beneficios del trabajo a distancia, modernamente llamado smartworking o teletrabajo, cuando efectivamente se trata de un tipo de trabajo con un gran sesgo de género que provoca precariedad e invisibilidad. Cabe preguntarse también, sobre la efectiva repartición del tiempo de cuidados entre progenitores y de la correcta implicación de las instituciones en la prestación de servicios educativos, de modo que suponga un reparto equitativo del trabajo reproductivo. Porque, con todo el respeto que merece la maestra Virginia Woolf, y en base a las condiciones actuales de las mujeres, en vez de dinero y una habitación propia, el verdadero problema es que nos hace falta tiempo a disposición y cabida en el espacio público, el resto vendrá como consecuencia de lo anterior.


2 Comentarios
Zene
Me encanta tu artículo,hija de mi colega Lela.
En esta pandemia también he pensado que si no se regula el teletrabajo,será una forma moderna de explotación que afectará mas a las mujeres,coincidiendo contigo en que conlleva un retroceso,una involución en cuanto a visibilidad,competitividad y empoderamiento
immarchi
Gracias por tu comentario, hay que estar atentas porque a veces lo que parece que es un avance en realidad es una vuelta atrás. Actualmente están redactando desde el Ministerio de Trabajo un anteproyecto de ley para el teletrabajo, así que habrá que ir viendo lo que proponen.